GRITOS DE MADRUGADA

No sé puede parar el reloj. Lamentablemente no se puede, se tiene que seguir en este sistema como si nada pasa, mientras un terremoto te sacude hasta las venas. Lleva puesto todo lo que se encuentra tu camino, no llegas agarrar el reloj aunque sea para saber cuando será la hora de la inmortalidad, tenés que seguir ahí, cómo si nada, con cara de naipe, pero por dentro se te retuercen los sentimientos, porque a pesar de todos los rezos, los santos no se asoman, alejan sus manos para hacerse los boludos y no hacerse cargo que algún ser samaritano creen en ellos. El planeta tierra gira 107.000 km por hora, y vos apenas andás a 0,00001 km, casi cómo una babosa, evitando cada segundo de este mundo te coma neuronas, pero es inevitable, hay que caminar, otra no queda... Otra no queda. Es más, empuja cada vez más a enloquecer, a sentir el latido de tu corazón, volviéndose cada vez más cruel la resistencia, avalando la cultura del aguante. A creernos invencibles y que todo podemos, pero ante la mínima llovizna, quedas de jeta al suelo. Sin piedad te pisan los autos. Las manos se tocan, el cuerpo se levanta y avanza como zombie como si nada, con tal todo pasa ¡Las pelotas! todo queda marcado como cicatriz, rengueando sobreviviendo en una sociedad de consumo y mercantilista, dónde solo sirven los resultados. Frenar la pelota es un desafío cuando las esquirlas de las bombas quedan enquistadas en la piel, dañando los tejidos impidiendo que ninguna cirugía cure. Ahí, justito ahí, en el barrio del remordimiento se quedan los espíritus, peleándose por un terreno para sobrevivir, sin poder conciliar el sueño, anhelando sueños. Todo se vuelve invierno cuando es imposible tocar el cielo, no para conocer a San Pedro, sino para construir un futuro nuevo, para acariciar el pecho y salir a la cancha a comerse el partido, sin arengar al resultadismo ni para tener precio, solo respirar y abrazar al nuevo amanecer, lleno de risas y de nuevos querer.


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